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Tribulaciones de un cardiólogo en un congreso de Psiquiatría

Siempre me interesaron aspectos supuestamente “ajenos” a mi especialidad particularmente los relacionados con la Psiquiatría. Es muy difícil para un médico que atiende pacientes reales sostener la parcelación del conocimiento a la que nos somete la especialización. Nadie puede desconocer las íntimas relaciones entre las enfermedades cardiovasculares, las emociones y otros fenómenos de la clínica psiquiátrica. Hace varios años que recorro congresos de Psiquiatría con el ánimo de un intruso que quiere comprender un territorio que no conoce y que observa los acontecimientos como un extranjero curioso.

En esta oportunidad pude participar del IV Congreso Atlántico de Psiquiatría cuya convocatoria se realizó bajo el lema: “La Salud Mental en Interdisciplina”. Asistí allí a un gran número de conferencias y mesas de discusión que abarcaron un amplio espectro temático: desde la psiquiatría de género al trastorno bipolar, desde la farmacogenómica hasta el déficit de atención, desde el furor de la cirugía estética hasta la identidad de los jóvenes restituidos a sus familias por Abuelas de Plaza de Mayo. Cuanto menos sabe uno de un tema más aprende de él. Cuanto más ajenos nos encentramos a un ambiente más nos sorprendemos de cosas que allí resultan habituales.






· ¿Somos nuestro cerebro? La mente, el cuerpo: relaciones tormentosas.

El Dr. Sergio Strejilevich ofreció una conferencia brillante sobre un tema complejo y a menudo controversial. “La conciencia, en toda su plenitud, es uno de los estados emergentes del funcionamiento de nuestro cerebro”, fue la declaración de principios con la que se abrió una de las intervenciones más notables de este congreso. Las bases biológicas de la conciencia humana fueron presentadas con la habilidad de alguien que conoce lo que dice y que no necesita apelar a lenguajes oscuros para transmitirlo.

Algunas de sus afirmaciones centrales fueron:

“Los circuitos tálamo-corticales son el asiento anátomo-funcional de la conciencia humana”.

“La conciencia es un fenómeno emergente de nuestro cerebro que compartimos con elefantes, delfines, chimpancés y seguramente con otros animales que aún no hemos podido establecer”.

“La conciencia es uno de los productos de la evolución biológica de nuestro planeta”.

“Algunas de las particularidades de la conciencia humana tienen que ser explicados mediante la simbiosis entre un mecanismo de replicación genética, simbióticamente unido a un mecanismo de replicación lingüística”.

“La conciencia humana no sólo es producto del cerebro y plausible de ser intervenida (como en Blade Runner, Matrix, etc) sino que evoluciona”.

”Somos una escultura biológica dinámica. Nos esculpimos en la trama de nuestras neuronas con el cincel de los acontecimientos. Somos únicos, irrepetibles, irreversibles, tanto como un diamante en bruto lo es luego de ser tallado”.

“En síntesis, creo que: somos nuestro cerebro”.

En una conferencia que articuló los más actuales desarrollos de la biología molecular en psiquiatría con la experiencia personal, la clínica y terapéutica con un humor rebosante de inteligencia, el Dr. Strejilevich dejó a su auditorio reflexionando sobre sus propias certezas.


· Un filósofo nos ayuda a pensar: “La filosofía es una terapéutica”

El Dr -en filosofía- Juan Lamarche, con una larga trayectoria profesional en el mundo académico trazó un recorrido acerca de las ideas que, sobre la salud, tuvieron algunos de los más grandes pensadores de la historia.

Desde los presocráticos hasta los filósofos contemporáneos la salud ha sido motivo de reflexión para los filósofos. Epicúreos, estoicos o cínicos, todos reflexionaron sobre el buen vivir, sobre la salud y la existencia deseable.

Más tarde, el impacto trascendente de René Descartes, Hegel o Kant, cuyas secuelas epistemológicas aún hoy configuran gran parte del pensamiento médico vigente. Las crisis de paradigmas que actualmente transitamos hunde sus raíces en una historia que, a estas alturas, ya resulta ineludible conocer.


· ¿Cuál es el futuro de la terapéutica en Psiquiatría?

Una de las conferencias plenarias fue convocada con la idea de responder a este interrogante. Los doctores Rodolfo Zaratiegui y Carlos Soria trazaron un detallado panorama del futuro de la especialidad. No puede uno menos que conmoverse ante la dimensión de las transformaciones que la genómica o la biología molecular anuncian para los cercanos días por venir. Se repasaron en profundidad los mecanismos íntimos de acción farmacológica destacando posibles modalidades de intervención sobre las que ya se está trabajando en los laboratorios de investigación.

El conocimiento del genoma humano ha revitalizado –paradójicamente- la importancia del ambioma como modulador de las potencialidades genéticas del hombre. La interacción compleja, y a menudo impredecible, entre uno y otro construye los determinantes mayores de la conducta humana tanto en la salud como en la enfermedad. También la terapéutica deberá tomar en cuenta estas esferas a la hora de diseñar sus acciones concretas.

“El futuro ya no es lo que era” tal como decía Montaigne. Es imposible no oscilar entre el temor y el optimismo cuando se proyectan las potencialidades que la ciencia ya está manipulando y que nada parece poder detener.


· El difícil camino de la Interdisciplina

Un congreso como este es una oportunidad propicia para observar en su propio escenario las divergencias sobre las que se fundan las perspectivas disciplinares. Cuando los modos de construir conocimiento son tan diversos es complejo, cuando no imposible, transitar un camino de encuentro. Pese a ello –y seguramente por la tarea impecable del presidente del congreso el Dr. Juan Carlos Turnes- quienes asistimos a los debates pudimos conocer el abanico de posibilidades desde las que pueden abordarse los problemas de la salud mental. En ocasiones se hace difícil para un observador inexperto comprender cómo pueden hacerse afirmaciones rotundas, incluso descalificar otros modelos, sin aportar ninguna clase de argumentos sólidos o sin rebatir con pruebas lo que públicamente se critica. El pasaje de las meras descripciones a las inferencias causales en ciencias y en medicina nunca debería ser un salto imprudente. Es posible que en otros ámbitos el rigor exigido a la hora de extraer conclusiones sea menor, o sea distinto o, simplemente, supere mis escasas posibilidades de comprenderlo.


· Juntos pero no revueltos:

¿Es suficiente que se expongan opiniones o investigaciones procedentes de disciplinas distintas para que exista la interdisciplina?

En un interesante editorial publicado recientemente en The International Journal of Epidemiology por John Lynch se afirma que la palabra “interdisciplina” ha sido mencionada en 18.000 citas científicas durante el año 2006. Pese a ello –asegura Link- contar con las piezas no significa que estas se articulen. La colaboración entre disciplinas adyacentes puede no resultar suficiente para superar barreras filosóficas, liguísticas o metodológicas.

La fragmentación de los discursos implica frecuentemente la mutilación de sus objetos de estudio. La medicina ha sido históricamente acusada de esta desviación que ya forma parte de la rutina de su propia autocrítica. Pese a ello pareciera que en algunos ámbitos esta transformación –hoy evidente- ha pasado desapercibida. Ya no existe ese médico idealizado que creía –absurdamente- que el análisis químico de las lágrimas le revelaría el significado del sufrimiento o las dimensiones del cráneo los rasgos de la personalidad. La solidez de antiguas certezas ha sido remplazada por modelos que incluyen la incertidumbre. La hegemonía de las verdades absolutas ha dado lugar a una ciencia que contempla la incerteza y articula el mundo material con lo simbólico.

Es muy curioso el esfuerzo estéril de tanta gente que dedica tiempo e inteligencia a refutar argumentos que ya no tienen vigencia. La Medicina necesita de otras disciplinas para crecer, para transformarse. No podemos, ni queremos perder el aporte de quienes pueden pensar desde otros fundamentos. La mejor forma de asesinar una idea es venerarla y enajenarla de la refutación y la crítica. Repetida hasta el hartazgo la idea se hace estereotipo y pierde todo su poder revulsivo.

La falsa dicotomía que opone una visión del cerebro desde un punto de vista biológico y de la mente desde una perspectiva cultural sólo puede contribuir a la confusión sobre lo que está indisolublemente unido. La defensa ciega de las fronteras de nuestros pobres territorios discilinares no contribuye a la expansión del conocimiento. Casi siempre la interdisciplina se limita a una tolerancia mutua de discursos dispares sin que se contaminen mutuamente. Las disciplinas discurren caminos paralelos, a menudo simulan entrecruzarse, pero la síntesis y la confrontación son sistemáticamente evitadas. Sin debate las controversias no se resuelven, aunque es posible que algunas no tengan solución posible. Nunca nos deja indiferentes la falta de acuerdo, pero es imposible sostener la falta de discusión.

Alguien sufre, alguien investiga, alguien intenta reparar el dolor ajeno como puede mientras otros destinan sus mejores aptitudes a la defensa de sus estrechas rodajas de cielo.
Este ha sido un congreso colmado de temáticas trascendentes y de exposiciones brillantes. Logró mantenerse a salvo de la torre de marfil del laboratorio y logró poner el conocimiento al servicio del padecimiento de las personas. Aprendí mucho, incluso que hay cosas que no puedo comprender. Obtuve informaciones que no tenía, herramientas para la práctica clínica y, especialmente, la dimensión enorme de lo que aún ignoro. Volveré todas las veces que pueda a transitar estos congresos, me enriquecen y me estimula hacerlo. Es posible, sin embargo, que lo haga con menores expectativas de registrar el momento tan soñado en que la interdisciplina deje de ser sólo una palabra.

Referencia:

John Lynch: It's not easy being interdisciplinary IJE Advance Access published on September 19, 2006 Int. J. Epidemiol. 35: 1119-1122; doi:10.1093/ije/dyl200
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Monos, pobres y castrados

Cada vez es mayor la cantidad de hipótesis que confluyen para explicar la epidemia de enfermedades cardiovasculares. No resulta extraño que así sea ya que se trata de una patología compleja y multicausal. De este modo los médicos nos enfrentamos a la necesidad de apropiarnos de perspectivas que hasta no hace mucho nos resultaban ajenas y que, lamentablemente, aún hoy quedan fuera de las agendas de formación de pregrado. La teoría de la evolución y las condiciones socioeconómicas son sólo algunas de ellas.

La evolución de la especie humana es invocada con argumento causal en situaciones clínicas tan frecuentes como la obesidad, el síndrome metabólico o la diabetes. Tal parece que ancestrales mecanismos adaptativos que intervienen en la regulación del peso, la grasa corporal o el metabolismo de los hidratos de carbono y los lípidos operan como determinantes genéticos de estas patologías. La teoría darwiniana –y sus actualizaciones- conforman un punto de vista atractivo para describir la integración de los organismos con el ambiente. La vertiginosa transformación de los estilos de vida nos enfrenta a un permanente conflicto entre biología y cultura cuyas manifestaciones más dramáticas son la enfermedad cardiovascular o la diabetes como consecuencias finales.







Desde hace mucho tiempo se conocen las articulaciones entre las condiciones de vida y las enfermedades. La epidemiología contemporánea ha aportado elementos trascendentes que muestran que la situación socioeconómica, el peso o el ambiente al momento de nacer ejercen su influencia en décadas posteriores. La expansión de estas patologías en el mundo ha demostrado que son los países menos favorecidos donde este crecimiento se da con mayor fuerza. En cada sociedad quienes viven en peores condiciones muestran mayor tasa de enfermedad, mayor precocidad en su aparición y peor evolución.

La pobreza constituye en sí misma un poderoso factor de riesgo. Estudios internacionales como el INTERHEART han sacado a la luz esta preocupante realidad. La urbanización creciente, la educación, los hábitos culturales, el acceso a la salud, son sólo algunos de los elementos que intervienen para que esto así suceda.

Hace algunos años Gordon Mayer formuló la curiosa descripción de un individuo de “bajo riesgo coronario”. Entre sus rasgos sobresalientes mencionaba: “…se trata de un trabajador municipal afeminado, completamente ajeno al stress físico o mental, a la ambición y al espíritu de competencia. Es un hombre de poco apetito que se alimenta de frutas y vegetales acompañados de granos y aceite de oliva. Detesta el tabaco, no tiene auto, ni radio, ni TV y ejercita constantemente sus músculos aunque tiene aspecto poco atlético. Tiene bajo salario, bajo Colesterol, baja Glucosa, baja presión arterial y toma Ácido Nicotínico, Piridoxina y anticoagulantes, incluso desde de su castración”

Este utópico individuo está fuera del mundo contemporáneo. Su ironía desnuda la manera en que algunos objetivos médicos resultan incompatibles con nuestros modos de existencia. Comprenderlo nos exige conocer aspectos que a menudo nadie nos enseñó. Dar sentido al trabajo cotidiano con nuestros semejantes nos reclama ampliar las perspectivas y reconocer que la inabarcable complejidad del mundo no puede reducirse a una destreza técnica ciega al contexto donde se ejerce. En todo caso, siempre estarán allí, los monos, los pobres y los castrados para recordárnoslo.
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¿Hay alguien allí?

“Tanto me colma la soledad que la mínima cita me resulta una crucifixión” E. Cioran

¿Qué será la soledad? ¿De qué me acusa elegir estar solo? Estoy tan confundido. No quiero ver a nadie. Huyo del horror del encuentro y de la bárbara ceremonia de la fiesta. Soy inmune y ajeno a todo lo que ponga en acto la sociabilidad afásica que ejerzo. Pero no lo padezco. Sólo se transforma en sufrimiento o en ira cuando las circunstancias -o la cobardía- me obligan a incluirme en esos escenarios. Los demás están en mí. Cargo con sus huellas como un camino de silencio. Busco razones y recupero algunas escenas felices. Fragmentos de presencias ajenas en este encierro voluntario. Soy una cápsula invulnerable y ajena. Un mundo de sombras que no desea la luz. No se acerquen. Les comeré los ojos. ¿Hay alguien allí?


La verdad y otras mentiras

Ahora viajo para dar conferencias. Presento una versión del mundo en la que ya no creo a personas que jamás la entendieron. Les hablo en la única lengua que quieren escuchar. Estoy harto de la verdad. Agobiado de que me crean. Aplastado por la reverencia a la autoridad que lo que digo encarna. Furioso con las orejas que confunden lo que digo con lo que soy. Quiero mentir. Necesito dar alaridos mentirosos. Quiero morderle los pezones a la verdad. Voy a atarla de pies y manos a la cama. Voy a taparle la boca. Voy a pegarle en las nalgas, hasta la sangre. Voy a ingresar en ella como en un templo vacío. Voy a eyacular mentiras hasta preñarla de un monstruo.


Maldición va a ser un día hermoso

Me esperan en el aeropuerto, me abrazan, me agradecen el esfuerzo. Disputan con conserjes y gerentes de hotel hasta ofrecerme la habitación con la mejor vista del lugar. Yo los observo en silencio. Les agradezco sinceramente, percibo la carga de afecto que los motiva. Me instalo en habitaciones con perspectivas paradisíacas. Entonces, cierro herméticamente las ventanas, clausuro toda posibilidad de que el entorno ingrese a mi territorio. Soy incapaz de incluirme en escenarios naturales sin sentir el desagrado y el rechazo hacia la inmensidad autista de todo cuanto exhiben.


Lectura genital

Me recuesto sobre la cama. Estoy tan cansado. No tengo sueño. Quiero leer. Pero leer con los oídos. Escuchar el texto como a una música. Sentir el jadeo ansioso de la oración descargar sus vientos en mi cabeza. Acatar sus pausas, deslizarme por sus laderas. Atrapar el vértigo, huir hacia adelante. Recorrer una a una sus avenidas subterráneas. Escapar de las trampas del sentido. Ejecutarlo como a una partitura feliz. Bailar mientras leo. Sacudirme. Tenderme de espaldas sobre los renglones y flotar sobre sus olas. Quiero hacer de este libro una balsa. Navegar toda la noche en su océano sin islas. Surfear sobre esa atmósfera líquida. Acariciarle el lomo y besarle los pechos. Hoy, voy a leer con mis testículos.

Es muy curioso que los límites del comportamiento admitido resulten tan estrechos. La “normalidad” es un lecho de Procusto. ¿Qué hace que no sea posible describir una conducta sin hacer un diagnóstico? El promedio es una medida intolerante. Una dictadura de la estadística. Una condena a la perpetua repetición.


Naufragar en la noche

Hoy no ha sucedido nada extraordinario. Otra vez las horas se han fugado entre mis dedos sin dejarme huellas en la piel. Hoy no tengo cicatrices. El cadáver del tiempo ha pasado sobre mí sin que yo haya podido ver su calavera. Tacho este día en el calendario. Lo borro con la insensata furia de quien se resiste a lo evidente. Con la ridícula melancolía del que se niega a admitir la intrascendencia del mundo. Con la nostalgia imbécil de quien recuerda lo que nunca ocurrió. Hoy he asesinado otra oportunidad. Me declaro culpable. Me castigo. He completado otro casillero vacío en mi memoria futura. No habrá más que el peso de la ausencia cuando recuerde este momento.

Hoy todo lo que deseo se ha estrellado contra los muros de mi lengua. Sólo he dicho cosas prudentes. Unas pobres palabras solitarias, sin sorpresas, útiles. No fueron mejores que el silencio que rompieron. Flatus voce.

Ruido, sólo ruido. No puedo escuchar el eco de lo dicho. Nada resuena en mi cabeza. Ahora tiemblo. Vislumbro el horror de un mundo sin lenguaje. Percibo el escándalo de aquello de lo que he desertado.

Ahora que la noche me detiene. Ahora que la trivialidad de los hechos es un estruendo insoportable. Ahora, me hundiré en el archipiélago de la madrugada para volver, más tarde, a navegar sobre el naufragio de los días.


Mentir/me

¿Qué cosa será un diario personal? Sospecho que el género su sostiene en un malentendido. Alguien supone que en un diario no se miente. Al abrigo de la mirada ajena, la verdad no tiene de quien ocultarse. Confesión. Murmullo desnudo de lo que somos. Nadie por allí, nadie por allá. Entonces me desprendo de la máscara y el espanto de mi cara se hace visible. Todos mis defectos. Toda mi perversa naturaleza habitará en estas palabras. Nada que no sea la más cruda realidad de lo que fatalmente soy tendrá lugar en estas líneas. Expulsado el simulacro, la intimidad se expone a la mirada.

¡Puras mentiras!. Nunca miento más que cuando me habló a mí mismo. Es allí donde mi vocación por la ficción se desata. Entonces me devora lo falso. La boca enorme de la fantasía traga hasta la última gota de mi razón exhausta. La única posibilidad para lo verdadero es que hoy estas acá, lector. Esta vez no estoy solo. Quise expulsarte de este espacio tan privado. Te empujé. Te insulté. Te pateé los tobillos. Pero aún estas aquí. Tal vez, sólo por eso, este texto será menos mentiroso aunque más falso.

Qué hace la gelatina de tu ojo, lector, profanando estos santuarios. Debes tener cuidado. Es una amenaza. Estás en territorio enemigo, podrías salir heridos. Puedo escupir fuego. Puedo implosionar ahora mismo y cubrirte con mis vísceras. Estás en mí. Tengo derecho. ¿Querías espiar en mis adentros? Acá eres extranjero, clandestino. Puedo deportarte sin más trámite. Por lascivo, obsceno. degenerado. Acá, es yo. Esto que se disuelve bajo tus ojos. Lo que el velo que descubres te muestra. No me averguences. Te dejaré ciego. ¡Hey cabrón! ¿Where are you from?
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Fusilados por la Cruz Roja

Resulta curioso -cuando no decididamente aterrador- el modo en que los padres de niños o adolescentes con diagnóstico presuntivo de Síndrome de Déficit de Atención (ADD) son des-orientados precisamente por quienes se supone que deberían orientarlos. Angustiados por ciertos rasgos de la conducta y temerosos del futuro de sus hijos ante reiterados fracasos escolares, los padres acuden a los profesionales de la medicina, la psicología o la psicopedagogía en busca de ayuda. Allí, ingresan en un campo de batalla del que nadie les advirtió pero donde se convierten –junto a sus hijos- en víctimas propiciatorias.







Según el caso, la presunción será confirmada con cierta ligereza o descartada de plano con idéntica levedad. Comienza entonces un peregrinaje errático que los expone brutalmente a una disputa de poderes y de saberes sin que nadie la haga explícita. No sería apropiado reclamar de la ciencia o de disciplinas no científicas -pero consideradas socialmente aptas para asistir a pacientes- que se disuelvan los debates o que sólo ofrezcan certezas inmutables. Pero lo que resulta ofensivo a la condición de padres es que aquellas disputas se jueguen sobre el doloroso escenario de la salud psíquica de sus hijos.

En muchos casos se escucha: “Su hijo no padece ADD” cuando debería decirse: “Yo creo que el ADD no existe”. Así quedaría claro para un padre cuál es la postura teórica del terapeuta que generalmente queda sumergida bajo la negación de un diagnóstico. No son las familias de los pacientes quienes pueden decidir sobre la naturaleza del cuadro clínico. Es suficiente que deban cargar con el padecimiento que implica cualquier trastorno que les ocurra a sus hijos. La realidad los pone en la necesidad de tomar decisiones para las que no están preparados y los expone a funcionar como verdaderos “misiles humanos” entre dos bandos en disputa.

No es la existencia misma del ADD lo que me propongo cuestionar sino el modo impiadoso con que muchos profesionales ponen en escena sus propias controversias internas. Cuando se solicitan pruebas que avalen una u otra postura, se les aportan interpretaciones sin fundamento en unos casos o, meras declaraciones ideológicas en otros. Es completamente válido y comprensible que estas ocurran, pero profundamente inapropiado que tengan a nuestros hijos como rehenes. Que algunas disciplinas vean amenazado su territorio específico por el avance de otras o que perciban un ataque a sus propios cimientos es un tema de la mayor trascendencia. Que padres e hijos circulen por gabinetes y consultorios cargándose de incertidumbre y de dudas mientras ambos padecen consecuencias dolorosas, es una demostración contundente de la forma -a menudo feroz- con que una disputa profesional se convierte en un modo más de producir sufrimiento donde se supone que deberían atenuarlo. Atemorizadas, culpabilizadas, perdidas en un territorio que desconocen, las familias sienten la perplejidad y el absurdo de quien, en medio de una batalla que no es la suya, es fusilado por la Cruz Roja.
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Dios y las caderas

Es tan bueno abrir la puerta de casa. Dejarme penetrar por esta atmósfera. Internarme en sus pliegues del tiempo y el espacio. Hay acá un murmullo placentario. Una antigua música materna te abriga del estremecimiento del mundo. Atento, suspendido quien sabe donde, mi hijo mira un video clip de Shakira en TV. Me sorprendió. Hasta hoy lo enfurecía descubrirme extasiado cada vez que yo coincidía con esas imágenes:“No lo puedo creer, no tenés explicación. Vas de Mahler a Shakira. ¿Quién te entiende?”. Pero hoy ha quedado capturado en sus caderas. Hoy la anatomía me ha relevado de las explicaciones fútiles. Siento que cuando lo abandone este embrujo lo tendré más cerca, estaré menos solo. Lo estoy esperando. No le hablo. No quiero perturbar la ceremonia. En un instante habrá recibido esa revelación maravillosa. Sabrá - desde ahora y para siempre - que el Dios que nunca le hice ver está en esas caderas. Lo buscará durante el resto de sus días en cada pelvis que se le cruce por la vida. Lo encontrará -siempre- todas las veces. Porque ese Dios es múltiple y se esconde en todas las mujeres. No me mira. No se mueve. Estoy tan feliz. Ahora podrá, por fin, salirse de su madre. Comenzará a buscarla en cada mujer, que son la misma. Ahora tendré un compañero. Nos sentaremos juntos a ver ese espectáculo vulgar, extraordinario. Viajaremos montados a lomo de sus muslos. Nos tomaremos de las manos para que no nos derribe su vaivén animal. Bastarán esos instantes para percibir el misterio de todo lo que no somos, los abismos fatales de lo diverso. Nos dispondremos a gozar como primates con esa sagrada diferencia. Bienvenido.
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Derrumbarse

Hace dos años decidió callar. Siempre fue tan enfático, tan coherente. Desde que tengo memoria disolvió con argumentos rotundos todos mis interrogantes. Mi viejo tenía una versión lógica del mundo. Una confianza ciega en el futuro que procedía, no de sus ilusiones, sino de sus cálculos. La historia era racional, el futuro inexorable. El suyo era un entusiasmo con fundamentos.

Sus últimos tiempos quedó atrapado en las redes del silencio. Tal vez escuchaba el estruendo del futuro derrumbándose delante de sus ojos azules. La caída del muro de Berlín redujo a escombros su representación del mundo. No quiso hablar. No encontró razones. Las palabras dejaron de nombrar las cosas. Sin lenguaje es imposible estar con otros o -peor aún- es imposible estar con uno mismo. Se quedó sin futuro mientras se disolvía el sentido de su propio pasado.

Yo –que soy un idiota- no supe acompañarlo. Ahora es tarde. Sospecho que entonces también lo era. Hoy se derrumbó al salir de la cocina. Nada extraordinario, sólo la muerte completando su tarea.

La soledad anticipa a la muerte. La existencia nos abandona antes que la vida. El verdadero drama de la vejez - esa larga agonía- no consiste en que nadie los reconozca sino en que ya nadie necesita ser reconocido por ellos. Privados para siempre de la posibilidad de proteger, fantasmas en un mundo que ya no logran explicar, la semilla de la muerte ha comenzado a germinarles.

¿Qué distingue a un mortal de un moribundo?
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Callar bajo el agua helada

Esa mujer es enorme. Tiene las manos gordas y el cabello negro. Me toma del cuello y me obliga a poner la cabeza debajo del chorro de agua helada de una canilla del patio. Me ahogo. Es invierno, es Julio, es mi cumpleaños. Hoy cumplo tres años. Hace minutos sentí que me orinaba. Le pedí permiso para ir al baño. No me contestó. Nunca lo hace si le hablamos en castellano. Cuando estoy nervioso no me sale el tímido inglés que estoy aprendiendo. Me esfuerzo. No aguanto más. “Miss Eve ¿May I go to the toillet?” Voy, me alivio, vuelvo. Cuando entro en la salita todos se paran y cantan Happy Birthday to you dirigidos por la batuta implacable de Miss Eve. Corro. Me detengo junto a un piletón mugriento donde tres nutrias gordas nadan y asoman periódicamente sus cabezas peludas. Me aterrorizan desde la primera vez que las vi. No puedo seguir. Me paralizo. Las garras de Miss Eve se me plantan en el cuello. Nunca más pude mirarla a los ojos.
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Plantas carnívoras

Como tantas otras cosas comienza siendo un juego. Abandonamos algunas partículas de lo que somos en esas mujeres. Se las entregamos como quien siembra, como quien fecunda. Sin que lo percibas, cada día te sientes más liviano, pero menos entero. Has ido desprendiéndote de tus propios fragmentos hasta que -en el vértigo insensato de aquella transfusión- ya no puedes funcionar sin recurrir a ella. Te sostiene en el mundo. Te completa con lo que le has entregado. Impide que caigas en el vacío. Pero te ahogas. Y la hemorragia continúa. Entonces, te haces simultánemamente más ligero para tí mismo pero más pesado para ella. Si te soltara, no sobrevivirías. Te has reducido a unos girones erráticos de lo que alguna vez fuiste, y que ahora no son nada. Ya no descansas en ella, dependes de ella. Te toma con todas sus fuerzas para que no naufragues. Cada vez con mayor energía. Te eleva sobre tus propios abismos. Pero te ahogas. Ya no podrá soltarte. Con ambas manos cerradas impide tu derrumbe inexorable. Con ambas manos crispadas -como garras- alrededor de tu estúpido cuello.
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Diez formas de fracasar en prevención cardiovascular

“Es imposible aprender sobre lo que se cree saber” Epicteto

No resulta extraño que la historia de la ciencia nos muestre hechos que hoy nos parecen absurdos. Lo verdaderamente sorprendente es que hechos que son claramente absurdos aún hoy no lo parezcan. Las transformaciones de la realidad o los desarrollos de las ciencias requieren de una adecuación de la racionalidad vigente para que el nuevo conocimiento esté en condiciones de operar sobre el mundo convertido en prácticas concretas. ¿Estaremos aplicando hoy en prevención cardiovascular una racionalidad a la medida de la magnitud del problema? ¿Son nuestras prácticas asistenciales el reflejo de lo que los conocimientos científicos han puesto de manifiesto?







La maravillosa dotación biológica del hombre dispone de mecanismos adaptativos muy eficaces: desde el genoma ahorrador hasta los dispositivos antioxidantes mitocondriales. El "homo consumendi" en que nos hemos convertido, en su vértigo existencial, no sólo consume recursos naturales como el agua o el petróleo o vidas humanas en guerras insensatas, también estamos consumiendo nuestros propios mecanismos de adaptación. Mientras la biología molecular reúne cosas que creíamos separadas como la obesidad, diabetes o aterogénesis, este borramiento de fronteras a favor de epistemologías más complejas y lógicas más difusas sufre aún un retardo dramático en llegar a la práctica diaria y a la precaria racionalidad que la sustenta.
Es clásico –y hasta reiterativo- comenzar un artículo sobre enfermedades cardiovasculares recordando que se trata de la primera causa de muerte en el mundo occidental. Podríamos hacer el intento de hacerlo esta vez afirmando que resulta alarmante la tasa de fracaso y falta de adherencia a los tratamientos farmacológicos y a las modificaciones del estilo de vida que la medicina obtiene en el control a largo plazo de este grupo de patologías. Más inquietante aún es la escasa atención que esta situación genera y la insistencia en reiterar esquemas asistenciales que, a todas luces, resultan inapropiados para el perfil epidemiológico que hoy enfrentamos. ¿Cuáles podrán ser las razones de esta inercia clínica?

Las causas de situaciones tan complejas como las enfermedades cardiovasculares son múltiples. No nos es posible analizarlas en este breve espacio por lo que proponeos detenernos en aquellas que tienen que ver con la “racionalidad médica” vigente. Sobre ellas -y no siempre sobre los otros determinantes- los médicos podemos proponer y concretar alguna transformación efectiva. La propuesta es, entonces, analizar brevemente diez ideas que obstaculizan el abordaje de la enfermedad cardiovascular en la medida en que generan representaciones erróneas y prácticas desafortunadas.


1. Considere enfermo sólo a quien padece síntomas

“La manera como se presentan las cosas no es la manera como son; y si las cosas fueran
como se presentan la ciencia entera sobraría” Karl Marx

Parece redundante insistir en que durante años los pacientes que padecen enfermedades vasculares permanecen en un período silente. Muchos de ellos sólo presentan manifestaciones clínicas en períodos muy avanzados del trastorno como los pacientes diabéticos. Equiparar síntomas a enfermedad expone a los enfermos a inadmisibles demoras diagnósticas y a intervenciones tardías. Vale la pena explorar la propuesta de lógicas no binarias o borrosas que admiten fronteras menos rígidas entre una cosa y otra. De este modo queda al descubierto la naturaleza artificial de las definiciones y las confusiones que de ellas se derivan. Asumir que quien no padece un síntoma o no presentó un evento mayor no está enfermo es caer en las redes de nuestras propias definiciones y, ahogarnos enredados en ellas.

2. Considere que dar órdenes es una estrategia comunicativa apropiada

"Al oír tu discurso han dicho: ¡qué bien habla! Al oír el mío han corrido a empuñar las armas" Demóstenes
El cambio de hábitos es una necesidad básica en la prevención y el tratamiento de las enfermedades CV. Existen evidencias que demuestran claramente que el estilo imperativo o la mera transmisión de datos no garantiza modificaciones de la conducta. La educación es un proceso que requiere del uso de acciones pedagógicas especificas. La creencia reduccionista que confunde información con educación o que imparte órdenes y luego considera paradójicos los pobres resultados obtenidos constituye un obstáculo muy grave para implementar programas preventivos eficaces. No se trata únicamente de estimular hábitos saludables, también es imperioso establecer una comunicación eficaz para que las acciones farmacológicas tengan los resultados esperados. Una parte trascendente del efecto medicamentoso proviene de la forma en que la necesidad del tratamiento sea comunicada a un paciente. La comunicación no está en la periferia, sino en el centro neurálgico de todo acto médico.

3. Considere a sus pacientes responsables de sus hábitos de vida
“Nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana;
hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño” Dicho popular europeo
La perspectiva “culpabilizadora” deposita sobre el individuo la responsabilidad total sobre sus hábitos. Las investigaciones provenientes de las ciencias sociales y del comportamiento indican –desde hace décadas- que la conducta de las personas es una construcción social y, por lo tanto, el producto de una historia, una pertenencia cultural y de los numerosos determinantes que operan en esta esfera. La administración de culpas, la moralización del comportamiento, imponen a las personas una carga a menudo imposible de llevar. En muchas ocasiones el planteo de metas más realistas orientadas en la estrategia de “reducción del daño” sacan a las personas de la encrucijada del “todo o nada”, o soy perfecto o soy culpable. El estímulo, el soporte social en redes de pares, las acciones educativas sostenidas, la participación de los grupos de pertenencia o las estrategias cognitivas son algunas de las metodologías posibles. El cambio de hábitos no es menos complejo que su conformación originaria. Resulta ingenuo pretender que el voluntarismo o las actitudes autoritarias podrían producir los resultados que todos esperamos.

4. Considere al modelo asistencial clásico apropiado para enfermedades crónicas
"Todos los sistemas están preparados para obtener exactamente los resultados que obtienen”
Las modalidades de asistencia dependientes de la demanda son el producto de una época con otro perfil epidemiológico (infeccioso o traumático). La nueva situación con alto predominio de enfermedades crónicas produce necesidades diferentes. Para ejemplificar esto de modo sintético podemos plantear un cuadro de diferencias entre las enfermedades agudas y crónicas.
Todo parece indicar que el contacto sostenido con el paciente y los vínculos ampliados hacia grupos de enfermos que comparten problemas semejantes y sus familias produce resultados notablemente superiores a los que hasta hoy tenemos. Son muchos los estudios que demuestran que los programas sistemáticos, y no el contacto episódico, constituye la herramienta apropiada al tipo de patologías que debemos enfrentar. Recientemente el estudio EUROACTIVE ha obtenido resultados altamente favorables empleando equipos coordinados por enfermeras, no sólo sobre los propios pacientes, sino sobre sus grupos familiares que también mostraron importantes cambios en sus hábitos y en la prevalencia de factores de riesgo como el tabaquismo, sedentarismo u obesidad. La inadecuación de los modelos de práctica profesional orientados hacia los cuadros agudos y una realidad sanitaria que nos enfrenta dramáticamente a la incontrolada expansión de enfermedades crónicas podría ser un elemento a tener en cuenta a la hora de analizar algunas de las razones de nuestros reiterados fracasos.

5. Considere que Ud. sabe todo lo necesario para resolver el problema
“Llega un momento en que el espíritu prefiere lo que confirma su saber a lo que lo contradice,
o prefiere las respuestas a las preguntas” Gastón Bachelard
Las enfermedades cardiovasculares son producto del entrecruzamiento de múltiples factores dependientes de la biología y del ambiente, del ambioma y del genoma. La formación tradicional del médico no podría abarcar la totalidad de los saberes requeridos para modificar su expansión epidémica. Hay cuatro cegueras básicas que entorpecen la transformación de la mentalidad profesional que la actualidad reclama:Ceguera a los límites de su conocimiento específicoCeguera a los saberes ajenosCeguera a todo cuanto no pueda reducir a sus esquemas de causalidadCeguera a las críticas extradisciplinariasEl reconocimiento de lo inacabado e incompleto de los saberes, su carácter provisorio y su replanteo crítico permanente son hoy un imperativo ético metodológico irrenunciable. Disciplinas como la enfermería, la asistencia social, la nutrición, la antropología, la sociología o la psicología no pueden quedar marginadas de las iniciativas de prevención cardiovascular. Ignorarlas no sólo empobrece nuestros resultados sobre los pacientes, nos degrada como profesionales capturados en una ingenua ilusión omnipotente.

6. Considere a la cultura y a las condiciones sociales como ajenas al tema
“Los pacientes acuden a nosotros, pero no se convierten en nosotros" Noah Gordon
Excluir de nuestras delimitaciones de enfermedad cardiovascular los determinantes sociales y culturales es una forma de garantizar el fracaso de nuestras intervenciones. En el año 2004 el estudio INTERHEART aportó evidencia suficiente acerca de la influencia de los factores psicosociales de enfermedad CV. Ya hemos mencionado el papel que ellas juegan en la génesis de los hábitos que favorecen su advenimiento, del mismo modo establecer terapéuticas y recomendaciones que no las tomen en cuenta, no es sólo una ingenuidad, es un acto deliberado de imprudencia y de ceguera. Nadie podrá sostener recomendaciones desvinculadas de sus condiciones materiales de existencia y del universo simbólico de valores en el que vive. Toda propuesta de acción está destinada a personas incluidas en un ambiente. No existen posibilidades de generar recomendaciones neutras o asépticas que no las tomen en cuenta. Nadie puede modificar lo que no ha identificado como problema, nadie puede transformar sus hábitos contra su historia o su cultura sin la ayuda imprescindible para construir nuevas redes de sentido, nadie adherir a tratamientos a los que no puede acceder o a explicaciones que no logra comprender. Las dimensiones cultural y social –y no meramente biológica- de la enfermedad son caras de una misma moneda que sólo el espíritu analítico de la ciencia desarticula para estudiar, aunque con frecuencia olvide restituir al continuo indisoluble de donde nunca debieron salir.

7. Considere a las enfermedades cardiovasculares como patologías del varón
“Quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo que las frutillas;
nada sabe acerca de las uvas...” Paracelso
La epidemiología aporta datos en permanente transformación. Los perfiles de cada enfermedad se modifican en contacto con las condiciones históricas de la vida de las personas. Sin embargo las actitudes generadas como respuesta a determinadas situaciones se modifican a ritmos mucho más lentos que la realidad. Las enfermedades cardiovasculares de un mundo con roles de género en mutación constante disuelven las categorizaciones más rígidas haciendo que lo que en algún momento fue casi privativo del varón hoy se difunda entre las mujeres. Actualmente estas patologías crecen en el género femenino hasta convertirse en la principal causa de muerte. Los rasgos clínicos y los patrones evolutivos típicos del varón no son los mismos que en la mujer. Estas particularidades hacen de las enfermedades CV en la mujer un tema con características específicas respecto de aspectos como: síntomas, modos de presentación, distribución por edades, evolución de los cuadros agudos, presencia de comorbilidades. No tener esto presente produce graves “efectos colaterales”: baja tasa de reconocimiento y admisión en unidades de cuidados intensivos, baja aplicación de procedimientos de diagnóstico y terapéuticas agresivas, etc. Todo parece indicar que las pacientes mujeres deben luchar contra una enfermedad de la que se suponían a salvo y contra un prejuicio médico que aplica sobre ellas modelos clínicos provenientes de la descripción del cuadro en hombres.

8. Considere que rehabilitar es volver al estado previo a la enfermedad
“La salud que sucede a la curación no es la salud anterior” Georges Canguilhem
Esta premisa -inscripta en la propia palabra re-habilitar- encierra su propia falacia. No es posible volver en el tiempo en ninguna instancia de la vida, más aún, muchas veces ni siquiera es deseable. Si se admite que muchas de las condiciones de vida previas a enfermar han ejercido una influencia nefasta para producir la enfermedad, no podría ser un objetivo volver a ellas. Este planteo estimula en el paciente una ilusión perjudicial y falsa. Genera expectativas que no se van a cumplir condenándolo a reiteradas frustraciones y, por otro lado, impiden tomar conciencia de las necesarias transformaciones hacia modos de vida diferentes que garanticen el control de la patología que padece. Georges Canguilhem afirma al respecto: “La conciencia lúcida e que curar no es volver, ayuda al enfermo en su búsqueda de un estado de menor renuncia posible, liberándolo de la fijación al estado anterior”.

9. Considere que la enfermedad consiste en la obstrucción al flujo sanguíneo
“La verdad es más importante que los hechos” Frank Lloyd Wright (1867-1959)
Desde esta perspectiva la enfermedad queda definida por el grado de reducción del flujo a través de un vaso. Esta definición, aún siendo real para una etapa de la enfermedad, es restringida y lleva implícitos al menos dos riegos conceptuales que pueden ocasionar graves daños en los pacientes:
a) Quien no presenta obstrucción no tiene enfermedad
b) Quien resuelve la obstrucción que padecía cura su enfermedad
El análisis del prolongado proceso de aterogénesis permite concluir que el período más prolongado en el curso de esta enfermedad es justamente aquél donde la enfermedad está presente, pero la luz del vaso no se encuentra comprometida de manera significativa. Es perfectamente posible encontrar evidencias de notable afección funcional (disfunción endotelial) y estructural de los vasos con una localización excéntrica o extraluminal dando lugar al proceso conocido como remodelación vascular. Del mismo modo luego de un procedimiento desobstructivo exitoso endoluminal o quirúrgico, el flujo se restablece pero la enfermedad endotelial subsiste. Actualmente sabemos que los episodios agudos guardan menos relación con el grado de obstrucción previa que con las condiciones de vulnerabilidad locales o sistémicas de cada paciente.Es conocido el modo en que nuestras prácticas se derivan de las representaciones que construimos de los objetos de conocimiento. La “metáfora de la cañería” como modelo de enfermedad vascular responde a una idea rudimentaria basada en conceptos puramente hidrodinámicos. De este modo no resulta extraño que muchas veces no se considere enfermo a quien claramente lo está o se considere curado a quien definitivamente no lo está. Resulta entonces más apropiado considera que la obstrucción no es la enfermedad, aunque represente un momento de extrema gravedad en su curso, y que la desobstrucción no es la curación, aunque represente un punto crucial como estrategia de tratamiento. La enfermedad es el conjunto de condiciones que hacen que la obstrucción ocurra y, la mayoría de las veces, esto no resulta modificado por lo procedimientos que restituyen el flujo de sangre en el vaso obstruido.

10. Considere a la ateroesclerosis es una enfermedad regional y segmentaria
“No existen realidades simples sino explicaciones simplificantes” Gastón Bachelard
Numerosas investigaciones han acumulado evidencia suficiente como para afirmar la naturaleza “sistémica” de la enfermedad ateroesclerótica. La territorialidad del proceso vascular ha dejado de representarse como circunscripta al minúsculo espacio de la obstrucción segmentaria para pensarse en los términos de un nuevo paradigma que la concibe como trastorno generalizado de los endotelios vasculares concebidos como órgano complejo. Mencionamos sólo algunos de los hechos que avalan esta hipótesis:

Coexistencia de placas ATC en territorios alejados de los responsables del episodio clínico: ATC carotídea, microalbuminuria, coronaria, etc).

Modificaciones en la mieloperoxidasa de los neutrófilos en coronarias de pacientes con Angina Inestable, independientemente de la localización.

Alta incidencia de cuadros clínicos mayores ocasionados por placas que mostraban escaso grado de obstrucción previamente.

Notable disminución de los episodios clínicos incluso con escasa regresión del componente obstructivo vascular con el uso prolongado de Estatinas.

Recientemente estudios morfométricos han logrado demostrar regresión de la placa con mejoría de la luz vascular con altas dosis de algunas estatinas.

Alta incidencia de hallazgo de enfermedad coronaria en los exámenes preoperatorios para cirugía por arteriopatía obstructiva de los miembros inferiores.

Alta incidencia de hallazgos de arteriopatía carotídea extracraneana en los exámenes preoperatorios de cirugía de revascularización miocárdica.

Descripción de componentes sistémicos inflamatorios que vinculan a la ateroesclerosis con otras enfermedades como la artritis reumatoidea.

Modificaciones en los marcadores sistémicos inflamatorios (PCR) con el uso de Estatinas y su relación directa con la mortalidad por episodios coronarios.

¿Qué riesgos implica sostener un abordaje segmentario de la ateroesclerosis?
Nadie ignora la falta de registro de la patología vascular en territorios alejados en pacientes que consultan por enfermedad coronaria, cerebral o periférica. Esta focalización extrema opera en la práctica cotidiana desconociendo que el mayor riesgo para un paciente con patología en un territorio es presentar cuadros dependientes de la misma enfermedad en un territorio distante de aquél. ¿A cuántos pacientes en Unidad Coronaria les tomamos los pulsos pedios o les auscultamos las carótidas o palpamos el abdomen en busca de un aneurisma aórtico? ¿A cuántos pacientes con claudicación intermitente se les explora la perfusión coronaria? La falta de perspectiva sistémica, la ausencia de visión integral del paciente y la alarmante incomunicación entre especialidades son sólo algunos de los motivos que generan esta situación.


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Canguilheim George: “escritos sobre medicina”, Amorrortu ediciones, Bs As 2004.

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Viceversa

Esa noche, otra vez esa noche...

He intentado destruir esta foto. No puedo hacerlo. Fracaso. Algo – que no soy yo – me lo impide.

Si me detengo a observarla percibo mi propia silueta. Los brazos en tensión, separados del cuerpo, las piernas en movimiento. La actitud es de ansiedad o de firme determinación.

Las fotos te encadenan al pasado. Lo cubren con un manto de coartadas y testimonios. Son una forma brutal de la memoria. Son falsas. Mienten. Te implantan pies, y suelo, y raíces. Son intolerables.

Yo les temo y huyo de ellas. Pero insisten, acechan detrás de los rincones. Me enfrentan a los múltiples e insolventes hombres que he sido y que ya no reconozco.







Nunca he podido decidir con certeza si junto a mi propia imagen hay otra silueta humana. A quien crea verla puedo asegurarle que esa noche estuve solo, completamente solo, en todo momento.

Esta foto me devuelve a la incertidumbre de unos hechos. Me recuerda que hay nudos que no he logrado desatar aunque ya no piense a menudo en ellos.

Apenas ingresé a la habitación quedé paralizado por el frío y la humedad del cuerpo. Ella dormía. De un salto abandonó la neutralidad del sueño y se ubicó a mi lado. Me cubrió con una toalla mientras sacaba mis ropas empapadas. Restos de nieve aún sólida caían desde mis pantalones. Un temblor incontrolable me sacudía entero. A mis pies nacía un charco de agua.

Me tocó para comprobar lo que veía. El primer contacto con el calor de sus manos me recorrió entero. Ese flujo vital le cerraba el paso a la muerte. Esa mujer es un refugio. Está tan adherida a la tierra, es tan sensata. Sabe proteger. Lo sabe con una sabiduría que le llega desde el fondo de los tiempos. Nunca necesitó aprenderlo. Me asusta ese saber animal con el que se conduce por la vida.

- ¿De donde venís? ¿Y tu abrigo? ¿Enloqueciste?

Me friccionaba con una energía que jamás le hubiera atribuido. El temblor se atenuó. Supe que mi sangre se ponía en movimiento.

- Ya sabés, el insomnio.

- Te escuché salir. Me asomé a la ventana pero ya te habías alejado. Tomé una foto y me volví a dormir.

Apoyó sus pechos contra mi espalda. Me rodeó con los brazos. Me conectó a sus circuitos. Recibí todo lo que necesitaba. Comprendí que – sin que importe en qué lugar del mundo me encontraba – había vuelto a casa.

- Contámelo otra vez.

- Es siempre la misma imagen. Yo, a los 4 o 5 años, acostado en la cama, la cabeza apoyada sobre el brazo gordo y mullido de mi viejo. Él cantaba una canción en una lengua incomprensible.

Me detuve. No estaba seguro de querer que mis palabras nombraran las imágenes que veía. Dudé de que fuese posible alguna correspondencia entre unas y otras.

- Dale, seguí.

- Me aferraba a su pulgar, enorme, áspero. Ese dedo era para mi un faro en la oscuridad del mundo. Lo miraba, lo apretaba y, luego, lentamente - como parte de una ceremonia secreta - me lo llevaba a la boca y lo chupaba hasta que una sensación, que no podría describir ahora, me arropaba bajo las mantas del sueño.

- La canción, cantámela.

- No puedo, no la entiendo. Me dijo que era una canción de cuna polaca que le cantaba su madre. Era lo único que recordaba del viaje a América.

Nunca le agradecí a mi padre aquellos momentos. Cada vez que regresa esa estúpida escena sé que no lograré dormir más. Comprendo que el resto de la noche será un calvario de incertidumbre, una agonía que sólo se resolverá con las primeras luces del día. Entonces necesito abandonar la cama. Caminar, ocupar mis pensamientos en otro asunto.

- Vos ya conocés la historia. No pude evitarlo. Tuve que salir a dar un paseo.– Pero estamos en Amsterdam, es Enero, es uno de los peores inviernos que la ciudad recuerde.

Afortunadamente el sueño superó a su curiosidad. Cuando estuvo segura de que estaba a salvo regresó a la cama.

Intenté recordar los detalles para encontrar un significado a lo que me había ocurrido durante las dos horas previas.

Estaba seguro de que – fuese lo que fuese lo que había sucedido – había saldado una deuda. Un prolongado ciclo de ausencias y dolor parecía haber finalizado.

Las imágenes comenzaron a organizarse. Dudé de su veracidad, pero aquella serenidad tan rotunda no podía no ser cierta. De eso estaba seguro.A las 3,30 hs Amsterdan flotaba a la deriva sobre los hielos de la noche. Las luces de algunos hoteles daban a la Dam Platz el aspecto de un relato de terror. Caminé hacia el sur bordeando el canal mayor en dirección al Amstel . Apenas dos o tres putas me miraron desde una vidriera. Un perro y un par de borrachos. Nada que yo registrara como presencia humana. Sentí el peso de la soledad de aquella madrugada cuando se montaba sobre mis hombros. Supe que no se puede volver atrás. Pude tocar entre los dedos la dimensión exacta del tiempo irremediable y la futilidad de los perdones tardíos.

Al llegar al primer puente encontré un taxi estacionado. El chofer dormía con los vidrios herméticamente cerrados. Golpeé la ventanilla hasta sobresaltarlo. Me acomodé en el asiento trasero. Mientras retiraba los restos de nieve acumulados sobre el parabrisas preguntó por mi destino en un inglés lo suficientemente malo como para que ambos pudiéramos entendernos.

- Al puerto

El hombre – inmenso - se dobló sobre sí mismo para mirarme a los ojos.

– This is not a good place for a tourist at night. Are you sure?

El coche inició su recorrido a través de callejuelas, puentecitos y canales hasta abandonar el centro de la ciudad. Comenzaron a aparecer galpones desiertos, grúas de distintos tamaños, un intenso olor a mar y a petróleo, las siluetas borrosas de algunos buques. Se detuvo junto a un edificio de aspecto medieval con enormes puertas de madera y gruesos herrajes de hierro . Antes de terminar de bajar, el auto ya se había puesto en movimiento. En un instante lo devoró la bruma.

Desde las afueras, Amsterdam era un racimo de luces. Una ciudad impregnada de silencio y recorrida por espectros del pasado. Una densidad de siglos me aplastaba contra el piso. Algo, que no puedo nombrar, me anunciaba revelaciones y sobresaltos.

Empujé la puerta con todo el cuerpo y durante varios segundos pero apenas logré un hueco minúsculo a través del cual ingresar. Una luminosidad confusa y un rumor de voces y de máquinas llegaban desde el interior. Nada parecía definirse en aquél espacio de sombras y vagas sonoridades.

Atravesé un salón semidesierto hasta volver a sentir frío y el olor del mar. El murmullo de una muchedumbre se adivinaba en algún lugar cercano. Percibí que atravesaba algo más que aquellos escasos metros. Mis nociones del tiempo y el espacio se perturbaron de alguna extraña manera.

Sobre la pared podía leerse un cartel: Ámsterdam/Dakar/Santos/Bs As. Enero 22 de 1.926 y una flecha, cuya dirección – sin saber por qué - seguí de inmediato.

A pocos pasos el sendero se continuaba con una escalerilla de madera contenida por barandas de soga que conducía hasta la cubierta de un barco. Allí una multitud se abría paso en las sombras buscando ubicación. Seguían las órdenes de un marinero obeso que los distribuía usando su altavoz con un tono autoritario.

Las miradas de aquellas personas me atravesaban como si un objeto vacío se desplazara entre ellos. Vestidos con humildad, incluso con harapos. Eran del color del pasado. Olían a viejo.

Descendí hasta el nivel más bajo. Un tercer subsuelo sumergido en el ronroneo de las máquinas y el acre olor del encierro. Percibí una voz de mujer. Cantaba una canción en una lengua incomprensible pero que me resultaba familiar. Busqué el origen de aquella voz.

La vi sobre el fondo metálico de esa bodega. Joven aún y bella. Palmeaba la espalda de su niño mientras cantaba en voz baja intentando dormirlo.

El chico era intensamente blanco. Largos bucles le asomaban desde la espalda. Un temblor, apenas perceptible, delataba el frío o la resistencia de quien se aferra al ocaso de la vigilia en los umbrales de un sueño incontenible. La mujer tampoco pareció perturbarse con mi presencia. Su canto era para mí cada vez más sobrecogedor.

Me senté al lado del niño. Pasé mi brazo por debajo de su cabeza y cubrí su cuerpo helado con mi abrigo. Él no se extrañó en absoluto. Los hechos parecían naturales, cotidianos, incluso para mí. Sólo ahora, al recordarlos, percibo su extrañeza.

Sobre mi brazo, su cabeza se relajó inmediatamente. Su mano tomó la mía y buscó mi pulgar. Se aferró a él como a un faro en la oscuridad del mundo. Lo miró, lo apretó y, luego, lentamente - como parte de una ceremonia secreta - se lo llevó a la boca. Lo chupó hasta que una sensación, que no podría describir ahora, lo arropó bajo las mantas del sueño.

Daniel Flichtentrei, 2006
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