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Dulces manos de robot



Crónica imprudente de una lectura de “Radiana” de Esther Cross.

Daniel Flichtentrei


Rara vez me mueve a escribir sobre un libro otra cosa que el deseo de comunicar la felicidad que me produce su lectura. En tiempos paradójicos en los que se publica mucho y se lee poco, mientras la banalidad y la intrascendencia se reproducen sin control, una obra como la de Esther Cross atenúa el impacto brutal de la caída.


Radiana es una novela que narra historias de personajes inmersos en un escenario cuyas marcas de tiempo y de lugar se delinean a través de signos indirectos. Un fondo sordo pero siempre presente. Seres algo perturbados por la idea del éxito en un ambiente sacudido por crisis financieras, la sombra de una guerra, el malestar de las masas, las lluvias o la nieve. Una pianista virtuosa, un profesor en ciencias eléctricas, un médico excéntrico coleccionista de huesos, una millonaria mecenas -que recuerda a Isabel la Católica concediendo jirones de su fortuna a la insensatez de Colón-, una mucama, un cocinero resignado a trabajar como modelo - que anticipa la experiencia de “Super size me”-, un inventor de productos mentirosos -al que le hubiera venido muy bien el slogan “disque ya…”-.







Rita Lavenza sufre un episodio que le impide volver a tocar los nocturnos de Chopin en los que se había destacado tanto. Su esposo trabaja en silencio en la construcción de un robot con el que, también él, aspira alcanzar el éxito. Rita padece su limitación y lucha desesperadamente para encontrar alguna forma de superarla hasta que, por supuesto, se encuentra con la figura del médico.

Esther Cross narra en una lengua que acaricia. La sordidez de algunas escenas contrasta con su lenguaje limpio, directo y –no pocas veces- con deliciosos tonos de niña ingenua, lo que lo convierte en un elemento fundamental del intenso placer que produce la lectura. Es una experiencia extraordinaria sostener ese doble registro del lector que sigue el desarrollo de los acontecimientos mientras permanece atento al modo exquisito con que son narrados.

¡Haga la prueba! Deténgase sobre las frases como sobre una partitura. Permita que esa rara música hecha de palabras suene en sus oídos mientras recorre el universo atroz en el que habitan sus criaturas. Observe el modo en que construye cada comparación: “…la dejó pasar, como a un secreto”; “…retrocedió, como en la palma de una mano inmensa”. Deténgase cada vez que Cross utilice la palabra “como” y encontrará uno más de los múltiples motivos para leer Radiana con un lápiz a mano.

Diagnósticos, tipologías y cadenas: acerca de una experiencia de lectura.


Si yo no fuera un médico que lee, si lograra ingresar en la literatura con menos insolvencia. Si pudiera sacudirme la obsesión por el diagnóstico y las cadenas de las tipologías, ninguna de estas ideas hubieran perturbado mi lectura. Pero -ustedes ya lo saben- es demasiado tarde y ya no podemos evitarlo.

Rita Lavenza sufre un episodio cuyas secuelas le impiden volver a tocar el piano. ¿Padece Rita stress post-traumático”?

Su médico examina sus manos, hasta los huesos, y le dice: “Usted puede imputarlo al miedo. Pero la verdadera explicación es esta” .

Todo el antiguo debate entre mente y cuerpo ingresa en esa frase. El doctor encarna el modelo de profesional que –aunque ya casi no exista- aún se empecinan en percibir desde muchas perspectivas. Obstinado, busca en los huesos lo que parece habitar en la mente. Usted y yo sabemos que –entre ambos sitios- hay distancias más cortas que las que se le atribuyen. A su manera el Dr. Lázaro Salvo también hace de Rita un robot protésico. Rara forma de trasplante. Rita recibe una mano artificial y Radiana (el robot que construye su esposo) los huesos de Rita.
Cross es psicóloga. Es una fortuna, que en sus textos, la escritora no se deje contaminar por la licenciada. Cuenta, no interpreta. Nos evita de este modo la intolerable literatura de consultorio.

Tal vez el amor, ese malentendido, “impuntual por donde se lo mire”, no sea más que la hipertrofia de ciertos rasgos observados sobre el espejo deformante de quien ama. Se ha dicho que un travesti es una “mujer máquina” por su carácter de construcción deliberada. La exageración de las señas femeninas, la desmesura de esas marcas que el travesti encarna, son la corporización de la mirada masculina. Imagino que esta es una de las razones por las que representan para muchos hombres “la mujer ideal”. Enfrentados a la deformidad de su propia representación no pueden evitar rendirse a la fascinación de los espejos.

Un robot es, simultáneamente, la concreción del viejo sueño genésico del hombre - desde Frankenstein hasta la oveja Doly- y la ilusión antropomórfica de la máquina humanizada. El profesor Elmer Dus crea un objeto sincrético. Una síntesis entre su proyecto de artefacto y la metonimia de su mujer encarnada en sus manos. La parte por el todo. Su amor siempre estuvo focalizado en aquellas manos que traían, como a un accesorio inevitable, a su mujer. Finalmente es sorprendido por la mucama mientras camina en su laboratorio “de la mano de una mano”. Sueño hecho realidad. Inverosímil, fantástico, desmesurado. ¿Qué importa? Cualquiera sabe que “la verdad no es siempre del todo cierta”.

Radiana es una novela que reproduce en su estructura la idea de que las cosas suceden en la ilusoria distancia que separa el comienzo del final. También aquí, para comprender un suceso del presente, es imperativo retroceder al pasado. Volver, luego de ese viaje, es regresar provisto de sentido. Fatalmente alguien deberá preguntarse –como San Agustín- ¿qué es el tiempo? Fatalmente, no podrá responderlo. No puedo menos que confesar que los ecos de “Continuidad en los parques”, del entrañable Cortázar, rondaron mi cabeza cuando me despedía del feliz encuentro con este texto.

Si yo conociera a más escritores checos que a Kafka o Kundera, tal vez hubiera podido caminar por las calles de Praga sintiéndome perseguido por fantasmas distintos a los del “padre” o el “comisario político”. Tal vez, si hubiese leído Radiana hace algunos años, hubiera sido capaz de identificar la sombra metálica de algún robot detrás de las columnas góticas de la Catedral de San Vito. Esther Cross dedica su libro a la memoria de los hermanos Karel y Joseph Capek, escritores checos que inventaron la palabra “robot”. En esa ciudad, cuya sinagoga alumbró el Golem, ancestro mítico del robot. Allí también dos hombres contemporáneos fundan una dinastía creando una palabra. Es curioso, pero me he preguntado por qué.



Referencias:

Autor: CROSS, ESTHER
Editorial: Emecé
ISBN:978-950-04-2866-8
141 páginas
Peso estimado: 210 gramos

¿Quién es Esther Cross?


Nació en Buenos Aires en 1.961. Licenciada en Psicología, abandonó esa profesión para dedicarse a la actividad literaria.

En 1988 publicó Bioy Casares a la hora de escribir, libro de entrevistas con el autor escrito en colaboración con Félix Della Paolera.

El despliegue imaginativo de su narración y la fluidez de su prosa le valieron el Primer Premio en el concurso Héctor A. Murena de la SADE, en el género cuento, los premios de las revistas First, Puro cuento y Plural (México), así como menciones en los concursos Juan Rulfo Internacional y Manuel Mujica Láinez.

En 1992 publicó su primer novela Crónica de alados y aprendices. Ese mismo año obtuvo el Primer Premio para novela inédita de la Fundación Fortabat con La inundación, publicada en 1993. Ha publicado también: La Inundación, El banquete de la araña,, La divina proporción y Kavanagh. Sus libros han recibido importantes distinciones en el país y en el exterior.

En 1.998 recibió la beca Fullbright – Fondo Nacional de las Artes.
En 2004 recibió la beca Civitella Ranieri.
Colabora en distintos medio escritos.

• Comentarios del libro disponibles en la web:

Yo, Robot, Angela Pradelli. Página 12

• Textos de Esther Cross disponibles en la web:

Los Wilkinson (en La Mujer de Mi Vida)

La divina proporción

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1 comentarios:

On 24/6/07 14:21 , silvia dijo...

Gracias por el dato.
Yo estoy leyendo "donde yo no estaba" de Marcelo Cohen, me está quemando la neurona.